Cutis
Palmolive
La sombra del clavo en la pared
Acaso nuestra eternidad
sea disfrutar este momento
audaz, incontenible,
iluminando el cielo
Te veo como un mecenas desnudo y gris
ante la envidia del apostado enfrente,
sosten del antiguo cuadro
muerto, ultrajado, demente
Desde el ventanal un halo ambar
embriaga con su tibieza,
la emoción palpita
me hace sentir bella
Muta mi ánimo y ya
no importa nada más,
no somos clavo y sombra,
juntos, remanso en el mar
Nuestro fluir latiendo,
la casa vacía,
aventura sin tiempo,
un angel nos guía
¿Desde cuándo te amo?
¿Qué es el tiempo para un alma?
¿Cúanto que cobijas mis sentidos
cual tesoro de hada blanca?
Por la noche con afán me ansías,
el tiempo es nueva perspectiva,
luz que alberga el auspicio,
el placer que seamos uno, en esta hermosa vida
sea disfrutar este momento
audaz, incontenible,
iluminando el cielo
Te veo como un mecenas desnudo y gris
ante la envidia del apostado enfrente,
sosten del antiguo cuadro
muerto, ultrajado, demente
Desde el ventanal un halo ambar
embriaga con su tibieza,
la emoción palpita
me hace sentir bella
Muta mi ánimo y ya
no importa nada más,
no somos clavo y sombra,
juntos, remanso en el mar
Nuestro fluir latiendo,
la casa vacía,
aventura sin tiempo,
un angel nos guía
¿Desde cuándo te amo?
¿Qué es el tiempo para un alma?
¿Cúanto que cobijas mis sentidos
cual tesoro de hada blanca?
Por la noche con afán me ansías,
el tiempo es nueva perspectiva,
luz que alberga el auspicio,
el placer que seamos uno, en esta hermosa vida
Déconcertés
La casa está en una región alta,
desde el dormitorio se alcanza a ver el río,
es amplia, y su refinado estilo le ha logrado un espíritu propio.
Son las nueve, Thomas repasa la agenda mientras guarda documentos en el portafolios.
Edith, con su habitual esmero,
prepara tostadas y dispone en la mesa dulces y otras delicias,
aunque desde hace algunas semanas, Régine, la señora de la casa, cambió su costumbre,
ahora, temprano, se da una ducha, baja a saludar y por unos sorbos de café,
y vuelve al cuarto a untarse cosméticos y aceite para la piel.
Las migas esparcidas y el café au lait abandonado en la taza por el apuro en salir
completan el paisaje de una rutina con estimulantes y poco descanso;
un rato despues de haberse ido, Thomas vuelve a buscar un juego de llaves,
su prisa contrasta con el desgano de Emile, la mascota,
que apenas levanta la cabeza para verlo subir saltando de a dos los escalones,
en el espejo la mueca de Régine se desdibuja,
él entra, toma las llaves y en un giro emprende la vuelta,
cuando, al pie de la escalera un impulso lo detiene.
En vilo un instante eterno.
El silencio, por sobre sus miradas, admite el desencuentro.
Baja.
Cerrando la puerta oye un descolorido: "Te llamo al mediodía".
Para Thomas ya no es rutina,
hasta el coche lo siguió la estela de un perfume cuya fragancia, siente, no es para él.
Ya no es rutina,
Régine alza el gato en sus brazos, toma asiento en el sillón,
y se sumerge en el fuego del hogar.
La casa está en una región alta,
desde el dormitorio se alcanza a ver el río,
es amplia, y su refinado estilo le ha logrado un espíritu propio.
Son las nueve, Thomas repasa la agenda mientras guarda documentos en el portafolios.
Edith, con su habitual esmero,
prepara tostadas y dispone en la mesa dulces y otras delicias,
aunque desde hace algunas semanas, Régine, la señora de la casa, cambió su costumbre,
ahora, temprano, se da una ducha, baja a saludar y por unos sorbos de café,
y vuelve al cuarto a untarse cosméticos y aceite para la piel.
Las migas esparcidas y el café au lait abandonado en la taza por el apuro en salir
completan el paisaje de una rutina con estimulantes y poco descanso;
un rato despues de haberse ido, Thomas vuelve a buscar un juego de llaves,
su prisa contrasta con el desgano de Emile, la mascota,
que apenas levanta la cabeza para verlo subir saltando de a dos los escalones,
en el espejo la mueca de Régine se desdibuja,
él entra, toma las llaves y en un giro emprende la vuelta,
cuando, al pie de la escalera un impulso lo detiene.
En vilo un instante eterno.
El silencio, por sobre sus miradas, admite el desencuentro.
Baja.
Cerrando la puerta oye un descolorido: "Te llamo al mediodía".
Para Thomas ya no es rutina,
hasta el coche lo siguió la estela de un perfume cuya fragancia, siente, no es para él.
Ya no es rutina,
Régine alza el gato en sus brazos, toma asiento en el sillón,
y se sumerge en el fuego del hogar.
Mientras velaba que te quería, de Gisela Vanesa Mancuso
VER-SOS TRADUCIDOS (Fragmento) XVI
Le guiñan un ojo verde,
verde musgo esmeralda.
Y uno negro mármol mate,
negro terco ónix,
pero desea el tic nervioso
de esos miel piedra de luna.
Lo quiere,
{[(te quiero)]},
no por las veces que se han visto,
ni siquiera por las pocas en que se han mirado;
simplemente
por esa puesta en vértigo de unos segundos,
por esa unción de niños sin barricadas,
y después,
y después,
siempre después, los ojos,
{[(tus ojos)]}
piedras de lunas carrasposas,
fatigados de viento y rocío,
temerosos del sol que arde.
Temeroso del sol
que arde
en la telaraña,
coral
de corales,
abismos de tu mirada blanca.
VER-SOS TRADUCIDOS (Fragmento) XVI
Le guiñan un ojo verde,
verde musgo esmeralda.
Y uno negro mármol mate,
negro terco ónix,
pero desea el tic nervioso
de esos miel piedra de luna.
Lo quiere,
{[(te quiero)]},
no por las veces que se han visto,
ni siquiera por las pocas en que se han mirado;
simplemente
por esa puesta en vértigo de unos segundos,
por esa unción de niños sin barricadas,
y después,
y después,
siempre después, los ojos,
{[(tus ojos)]}
piedras de lunas carrasposas,
fatigados de viento y rocío,
temerosos del sol que arde.
Temeroso del sol
que arde
en la telaraña,
coral
de corales,
abismos de tu mirada blanca.
De negro. Sucede
De velo negro, los dos.
Diez pasos el espacio
se adivinan, tropiezan
alma sonrojada
sonrisa a destiempo
Tan húmedo, manso
el aire en que se rozan
las manos sin mirar,
los labios sin mirar,
bosquejo de la noche que va
y permanece
De la mano, la voz leve:
sí, pero me engaño bien,
sí, pero no lloro y me muero
En un abrazo, el susurro:
no, pero lo sabe,
no, pero rezo cada día
¡Hay más!
Hay tanto más,
sin embargo, una palabra alcanza,
una palabra... que se rinde,
porque sucede
De velo negro, los dos.
Diez pasos el espacio
se adivinan, tropiezan
alma sonrojada
sonrisa a destiempo
Tan húmedo, manso
el aire en que se rozan
las manos sin mirar,
los labios sin mirar,
bosquejo de la noche que va
y permanece
De la mano, la voz leve:
sí, pero me engaño bien,
sí, pero no lloro y me muero
En un abrazo, el susurro:
no, pero lo sabe,
no, pero rezo cada día
¡Hay más!
Hay tanto más,
sin embargo, una palabra alcanza,
una palabra... que se rinde,
porque sucede
El Amor, de Manuel Mujica Lainez
El Amor cambia sus disfraces.
El Amor juega a la galantería,
con antiguas palabras,
el Amor se reclina, melancólico,
entre sauces y columnas,
hace bromas, se burla de los celos,
se encrespa, teatral, en el humo de los celos,
multiplica los cálculos,
los engaños, las promesas,
los juramentos gloriosos,
se desmaya ¡ay! se desmaya
y compone admirables escenas,
mientras espía, bajo los párpados entreabiertos,
sutiles;
también escribe cartas sin fin y sin sentido,
con una larga pluma;
rompe papeles,
rompe muchos retratos;
besa retratos,
besa la punta de los dedos;
besa la sombra,
se acoda en las esquinas, con traje de compadrito;
se alza en los balcones de las fiestas sonoras,
con un traje de tul.
Cambia disfraces.
Cambia incontables disfraces.
Y en los solitarios momentos supremos,
el Amor es un gran tigre herido,
que va entre los juncos de la noche,
sangrando.
El Amor cambia sus disfraces.
El Amor juega a la galantería,
con antiguas palabras,
el Amor se reclina, melancólico,
entre sauces y columnas,
hace bromas, se burla de los celos,
se encrespa, teatral, en el humo de los celos,
multiplica los cálculos,
los engaños, las promesas,
los juramentos gloriosos,
se desmaya ¡ay! se desmaya
y compone admirables escenas,
mientras espía, bajo los párpados entreabiertos,
sutiles;
también escribe cartas sin fin y sin sentido,
con una larga pluma;
rompe papeles,
rompe muchos retratos;
besa retratos,
besa la punta de los dedos;
besa la sombra,
se acoda en las esquinas, con traje de compadrito;
se alza en los balcones de las fiestas sonoras,
con un traje de tul.
Cambia disfraces.
Cambia incontables disfraces.
Y en los solitarios momentos supremos,
el Amor es un gran tigre herido,
que va entre los juncos de la noche,
sangrando.
Sábado de sol
Nos ciega. Sonrisas ciertas
yendo volviendo de lo irreal
cuando es mía la ilusión
tuyo el entusiasmo
melodía bajo de sol
La luz nos ciega los días
salimos a caminar, sin saber
sin mirarnos a los ojos
sin percibir que el sueño oculta una sensación
¿Qué harás cuando estes muerto?
Jugar con las palabras, respondí
Entonces me quedaré sentado
jugando con palabras
sabiendo que ese día oculto
llegarán tus manos,
mirarnos a los ojos,
balada bajo el sol
sonriendo, sin saber
Nos ciega. Sonrisas ciertas
yendo volviendo de lo irreal
cuando es mía la ilusión
tuyo el entusiasmo
melodía bajo de sol
La luz nos ciega los días
salimos a caminar, sin saber
sin mirarnos a los ojos
sin percibir que el sueño oculta una sensación
¿Qué harás cuando estes muerto?
Jugar con las palabras, respondí
Entonces me quedaré sentado
jugando con palabras
sabiendo que ese día oculto
llegarán tus manos,
mirarnos a los ojos,
balada bajo el sol
sonriendo, sin saber
Amigos de la palabra
Las ví en un árbol escondidas en el hueco de la corteza.
Estaban la A, la E y la U, acurrucadas, entrelazadas buscando abrigarse.
Un amigo al que hace rato no veía, me contó por teléfono que logró hablar con la I;
le dijo que se siente decepcionada y que busca amparo
para protegerse del viento y la lluvia.
La I le dijo que no tiene inconvenientes en ir a un libro,
donde a pesar de la inmovilidad logra transmitir sensaciones,
pero que su deseo es reencontrarse con el aire cálido cuando alguien la nombra,
la canta o la escupe en un grito de bronca y llanto,
que quisiera volver a sentir su sonido deformado en la voz gutural de un sueño.
Hace poco, durante unos días de descanso en las sierras, comencé a caminar,
subí un cerro y cuando estuve bien alto,
de pronto me detuve porque noté que no estaba solo,
sentí que alguien me observaba.
Eran letras, muchísimas, y palabras, oí su murmullo en las laderas, en los abismos,
logré sentirlas en el sonido del viento, en el trino de los pájaros.
Luego, de vuelta en mi barrio,
volví a aquel árbol y en esa corteza ví aquellas mismas vocales
unidas a símbolos de otros idiomas.
Estaba claro que buscaban desesperadamente expresarse.
Mi amigo me contó que la I le dijo que la palabra que más extraña es: sí.
Yo le conté que logré conversar largo rato con la O, que está en otro árbol,
quien me dijo que añora el monosílabo: no.
Un artículo publicado en el diario cuenta que siete de cada diez parejas,
se saludan al despertar y también a la noche antes de dormir,
y que el resto del día no logran otra comunicación; entonces,
comprendí a las letras: escaparon, huyeron de la cobardía de sus dueños,
se negaron a morir sin uso y se fueron en busca de la felicidad.
Algunas, aunque solitarias, lograron adaptarse sin resentimiento en la naturaleza;
otras, se refugiaron en los arboles de la ciudad y a menudo, espiando,
ven pasar hombres y mujeres sin expresión siquiera en sus miradas.
Con mi amigo sentimos que teníamos que hacer algo, nos reunimos anoche,
al rato de conversar notamos que es más complejo de lo que pensabamos,
pero no nos embarullamos, por el contrario, agendamos ideas,
discutimos entusiasmados, a los gritos, cómo aplicarlas en el barrio,
armar carteles, fundar una radio, guirnaldas en la biblioteca, ir casa por casa.
Luego nos calmamos, conversamos de bueyes perdidos hasta muy tarde,
nos emborrachamos, y cantamos hasta que el sueño nos venció.
Es un inicio.
Las ví en un árbol escondidas en el hueco de la corteza.
Estaban la A, la E y la U, acurrucadas, entrelazadas buscando abrigarse.
Un amigo al que hace rato no veía, me contó por teléfono que logró hablar con la I;
le dijo que se siente decepcionada y que busca amparo
para protegerse del viento y la lluvia.
La I le dijo que no tiene inconvenientes en ir a un libro,
donde a pesar de la inmovilidad logra transmitir sensaciones,
pero que su deseo es reencontrarse con el aire cálido cuando alguien la nombra,
la canta o la escupe en un grito de bronca y llanto,
que quisiera volver a sentir su sonido deformado en la voz gutural de un sueño.
Hace poco, durante unos días de descanso en las sierras, comencé a caminar,
subí un cerro y cuando estuve bien alto,
de pronto me detuve porque noté que no estaba solo,
sentí que alguien me observaba.
Eran letras, muchísimas, y palabras, oí su murmullo en las laderas, en los abismos,
logré sentirlas en el sonido del viento, en el trino de los pájaros.
Luego, de vuelta en mi barrio,
volví a aquel árbol y en esa corteza ví aquellas mismas vocales
unidas a símbolos de otros idiomas.
Estaba claro que buscaban desesperadamente expresarse.
Mi amigo me contó que la I le dijo que la palabra que más extraña es: sí.
Yo le conté que logré conversar largo rato con la O, que está en otro árbol,
quien me dijo que añora el monosílabo: no.
Un artículo publicado en el diario cuenta que siete de cada diez parejas,
se saludan al despertar y también a la noche antes de dormir,
y que el resto del día no logran otra comunicación; entonces,
comprendí a las letras: escaparon, huyeron de la cobardía de sus dueños,
se negaron a morir sin uso y se fueron en busca de la felicidad.
Algunas, aunque solitarias, lograron adaptarse sin resentimiento en la naturaleza;
otras, se refugiaron en los arboles de la ciudad y a menudo, espiando,
ven pasar hombres y mujeres sin expresión siquiera en sus miradas.
Con mi amigo sentimos que teníamos que hacer algo, nos reunimos anoche,
al rato de conversar notamos que es más complejo de lo que pensabamos,
pero no nos embarullamos, por el contrario, agendamos ideas,
discutimos entusiasmados, a los gritos, cómo aplicarlas en el barrio,
armar carteles, fundar una radio, guirnaldas en la biblioteca, ir casa por casa.
Luego nos calmamos, conversamos de bueyes perdidos hasta muy tarde,
nos emborrachamos, y cantamos hasta que el sueño nos venció.
Es un inicio.
Muebles “El Canario”, de Felisberto Hernández
La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido.
Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme
de lo que ocurriera en la ciudad.
Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa.
Volvía a mi pieza más bien temprano
y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía.
Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo.
Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire,
pues mi camisa era de manga corta.
Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:
-Con su permiso, por favor...
Y yo respondí con rapidez:
-Es de usted.
Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté.
En ese instante ocurrieron muchas cosas.
La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso,
y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué
creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir "es de usted"
ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras.
Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:
-Después a mí.
Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:
-¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...
Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara.
Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida.
A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte.
Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles "El Canario".
Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme
al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé:
"No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles
si realmente se trata de una propaganda."
Sin embargo,
yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso.
De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga.
Antes de dormirme
pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar.
Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito.
No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera.
Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico;
como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar.
Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto:
oí sonar en mi cabeza una voz que decía:
-Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola, audición especial.
Las personas sensibilizadas para estas transmisiones... etc., etc.
Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz;
había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar;
parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza.
Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar.
Ahora estaban pasando indicaciones
a propósito de los pagos en cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto dijeron:
-Como primer número se transmitirá el tango...
Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad,
pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza.
En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco
pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia.
Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama
volví a oír el tango con más nitidez.
Al rato me encontraba en la calle:
buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza.
Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio
y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección.
Pero vino un tranvía y lo tomé.
A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado
y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora;
pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa;
le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales.
Fui hasta allí y le pregunté
qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora.
Él me miró asombrado y dijo:
-¿No le agrada la transmisión?
-Absolutamente.
-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.
-Horrible -le dije.
Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango.
Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:
-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas "El Canario".
Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.
-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!
En ese instante oí anunciar:
-Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón querido",
soneto compuesto especialmente para los muebles "El Canario".
Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:
-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera.
Le cobraré un peso porque le veo cara honrada.
Si usted me descubre pierdo el empleo,
pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.
Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:
-Venga el peso.
Y después que se lo di agregó:
-Dese un baño de pies bien caliente.
La propaganda de estos muebles me tomó desprevenido.
Yo había ido a pasar un mes de vacaciones a un lugar cercano y no había querido enterarme
de lo que ocurriera en la ciudad.
Cuando llegué de vuelta hacía mucho calor y esa misma noche fui a una playa.
Volvía a mi pieza más bien temprano
y un poco malhumorado por lo que me había ocurrido en el tranvía.
Lo tomé en la playa y me tocó sentarme en un lugar que daba al pasillo.
Como todavía hacía mucho calor, había puesto mi saco en las rodillas y traía los brazos al aire,
pues mi camisa era de manga corta.
Entre las personas que andaban por el pasillo hubo una que de pronto me dijo:
-Con su permiso, por favor...
Y yo respondí con rapidez:
-Es de usted.
Pero no sólo no comprendí lo que pasaba sino que me asusté.
En ese instante ocurrieron muchas cosas.
La primera fue que aun cuando ese señor no había terminado de pedirme permiso,
y mientras yo le contestaba, él ya me frotaba el brazo desnudo con algo frío que no sé por qué
creí que fuera saliva. Y cuando yo había terminado de decir "es de usted"
ya sentí un pinchazo y vi una jeringa grande con letras.
Al mismo tiempo una gorda que iba en otro asiento decía:
-Después a mí.
Yo debo haber hecho un movimiento brusco con el brazo porque el hombre de la jeringa dijo:
-¡Ah!, lo voy a lastimar... quieto un...
Pronto sacó la jeringa en medio de la sonrisa de otros pasajeros que habían visto mi cara.
Después empezó a frotar el brazo de la gorda y ella miraba operar muy complacida.
A pesar de que la jeringa era grande, sólo echaba un pequeño chorro con un golpe de resorte.
Entonces leí las letras amarillas que había a lo largo del tubo: Muebles "El Canario".
Después me dio vergüenza preguntar de qué se trataba y decidí enterarme
al otro día por los diarios. Pero apenas bajé del tranvía pensé:
"No podrá ser un fortificante; tendrá que ser algo que deje consecuencias visibles
si realmente se trata de una propaganda."
Sin embargo,
yo no sabía bien de qué se trataba; pero estaba muy cansado y me empeciné en no hacer caso.
De cualquier manera estaba seguro de que no se permitiría dopar al público con ninguna droga.
Antes de dormirme
pensé que a lo mejor habrían querido producir algún estado físico de placer o bienestar.
Todavía no había pasado al sueño cuando oí en mí el canto de un pajarito.
No tenía la calidad de algo recordado ni del sonido que nos llega de afuera.
Era anormal como una enfermedad nueva; pero también había un matiz irónico;
como si la enfermedad se sintiera contenta y se hubiera puesto a cantar.
Estas sensaciones pasaron rápidamente y en seguida apareció algo más concreto:
oí sonar en mi cabeza una voz que decía:
-Hola, hola; transmite difusora "El Canario"... hola, hola, audición especial.
Las personas sensibilizadas para estas transmisiones... etc., etc.
Todo esto lo oía de pie, descalzo, al costado de la cama y sin animarme a encender la luz;
había dado un salto y me había quedado duro en ese lugar;
parecía imposible que aquello sonara dentro de mi cabeza.
Me volví a tirar en la cama y por último me decidí a esperar.
Ahora estaban pasando indicaciones
a propósito de los pagos en cuotas de los muebles "El Canario". Y de pronto dijeron:
-Como primer número se transmitirá el tango...
Desesperado, me metí debajo de una cobija gruesa; entonces oí todo con más claridad,
pues la cobija atenuaba los ruidos de la calle y yo sentía mejor lo que ocurría dentro de mi cabeza.
En seguida me saqué la cobija y empecé a caminar por la habitación; esto me aliviaba un poco
pero yo tenía como un secreto empecinamiento en oír y en quejarme de mi desgracia.
Me acosté de nuevo y al agarrarme de los barrotes de la cama
volví a oír el tango con más nitidez.
Al rato me encontraba en la calle:
buscaba otros ruidos que atenuaran el que sentía en la cabeza.
Pensé comprar un diario, informarme de la dirección de la radio
y preguntar qué habría que hacer para anular el efecto de la inyección.
Pero vino un tranvía y lo tomé.
A los pocos instantes el tranvía pasó por un lugar donde las vías se hallaban en mal estado
y el gran ruido me alivió de otro tango que tocaban ahora;
pero de pronto miré para dentro del tranvía y vi otro hombre con otra jeringa;
le estaba dando inyecciones a unos niños que iban sentados en asientos transversales.
Fui hasta allí y le pregunté
qué había que hacer para anular el efecto de una inyección que me habían dado hacía una hora.
Él me miró asombrado y dijo:
-¿No le agrada la transmisión?
-Absolutamente.
-Espere unos momentos y empezará una novela en episodios.
-Horrible -le dije.
Él siguió con las inyecciones y sacudía la cabeza haciendo una sonrisa. Yo no oía más el tango.
Ahora volvían a hablar de los muebles. Por fin el hombre de la inyección me dijo:
-Señor, en todos los diarios ha salido el aviso de las tabletas "El Canario".
Si a usted no le gusta la transmisión se toma una de ellas y pronto.
-¡Pero ahora todas las farmacias están cerradas y yo voy a volverme loco!
En ese instante oí anunciar:
-Y ahora transmitiremos una poesía titulada "Mi sillón querido",
soneto compuesto especialmente para los muebles "El Canario".
Después el hombre de la inyección se acercó a mí para hablarme en secreto y me dijo:
-Yo voy a arreglar su asunto de otra manera.
Le cobraré un peso porque le veo cara honrada.
Si usted me descubre pierdo el empleo,
pues a la compañía le conviene más que se vendan las tabletas.
Yo le apuré para que me dijera el secreto. Entonces él abrió la mano y dijo:
-Venga el peso.
Y después que se lo di agregó:
-Dese un baño de pies bien caliente.
Epílogo del espectáculo "De Amores & De Hombres", de Néstor De Giobbi,
en el que representamos las obras
"Cumbia Morena Cumbia", de Mauricio Kartun y "Príncipe Azul", de Eugenio Griffero
Las cañas
Sin aire. Parecía fuego el aire.
Juan y Gustavo tenían todo listo para un periplo de tres mojones: río, selva y lago,
un viaje que habían planeado como una misión secreta y
deseaban transitarlo con la elegancia de un actor yendo a proscenio.
Partieron muy temprano en busca del tesoro: las cañas.
Con más de tres horas remando, ya en las puertas de la selva
el sol penetraba cada poro de la piel.
Se abrieron paso entre la maleza, Juan blandía un machete tan versátil como el de Rambo, Gustavo, flameaba la faca de un guerrero gurka, armas que les valieron para
deshacerse de víboras y alimañas.
Soportaron el calor sofocante y también un mareo que les hizo dudar de semejante aventura,
pero bastó una simple mirada... para saber que contaban el uno con el otro.
Tras la agobiante jornada de varios kilómetros,
decidieron esperar el ánimo de un nuevo día para encarar el asalto final.
Ubicaron un lugar seguro para cenar y pasar la noche... juntos.
Al amanecer el canto de los pájaros fue la invitación ideal para desplegar el mantel y
disfrutar un delicioso desayuno continental, a orillas del lago.
Luego reunieron sus pertrechos y se lanzaron al bote,
solo media hora para otra vez continuar en tierra,
al promediar la caminata se detuvieron por agua fresca y para chequear el mapa.
Fue allí que escucharon el ritmo de una cumbia
que les quitó el cansancio y deprisa reanudaron entre bailando y corriendo,
con la certeza del camino correcto.
Al salir de la zona de árboles, efectivamente, allí estaban:
el horizonte atestado de cañas,
corrieron hacia la plantación... tomados de la mano
sin imaginar que frente al imponente portal la emoción se derrumbaría ante lo inesperado:
decenas de voluptuosas mujeres armadas con lanzas se antepusieron amenazantes;
ellos intentaron dialogar pero no hubo caso,
esas hembras pintadas golpeaban las lanzas contra el piso
y sus gritos cedieron a murmullo, solo cuando dos hombres aparecieron entre ellas.
Las mujeres se dispusieron en filas paralelas en ceremonia de tambor,
marcando el paso de los jefes que se presentaron como: Rulo y Willy.
Gustavo y Juan comprendieron que estaban ante lo más difícil:
convencer a ambos dueños de la aldea para que les vendieran las cañas,
y obviamente, salir con vida.
Propusieron entonces un diálogo cordial, amistoso, y sin ahondar en detalles
les informaron que necesitaban las cañas por ser de vital importancia en su proyecto teatral,
sin las cuales, no podrían siquiera empezarlo.
Rulo y Willy atentos a esa necesidad, aprovecharon para sacar partido de la situación
y pergeñaron un plan para concretar al fin, un sueño de veinte años:
reencontrarse con los amores de su juventud.
Entonces la hospitalidad hacia los visitantes fue abrumadora,
decidieron una cena en su honor,
hubo baile con las mujeres, y Willy, gran bailarín y el galán de todas,
las sedujo con nuevos pasos de cumbia bailando con cada una de ellas.
Los cuatro hombres alrededor del fogón, fumaron y bebieron hasta entrada la madrugada y cuando parecía que el jolgorio y el vino habían vencido la resistencia de los jefes,
éstos se levantaron repentinamente, dijeron que no aceptarían dinero
e impusieron condiciones indeclinables para entregar las cañas.
Willy afirmó que solo entregaría las cañas, a cambio de que le trajeran las minas de Belgrano.
Rulo sentenció que si no le llevaban a Marita, los desterraría desnudos.
Los expedicionarios quedaron perplejos y se apartaron para analizar alguna alternativa.
Finalmente,
se acercaron a los jerarcas y les informaron que aceptaban el trato y lo cumplirían.
Al día siguiente
volvieron con una mujer de nombre Mara, a quien en su barrio, Tropezon, llamaban: Marita,
y llevaron también diez señoras de jovenes sesenta años, rubias de curvas pronunciadas,
oriundas de Belgrano y aledaños.
Los jefes saltaron de alegría, no podían salir de su asombro,
y así, en pleno éxtasis, dispusieron la inmediata entrega de las cañas.
Juan y Gustavo cargaron su tesoro y soltaron amarras en busca de su destino;
pero en la aldea el festejo no duró mucho,
Rulo enseguida descubrió que esa mujer que le habían llevado, no era su Marita;
y Willy fue víctima de la rebelión de las morenas que reaccionaron celosas
por la intromisión de las borregas de Belgrano.
En medio del caos, gritos y persecuciones, las veteranas rubias y Marita
lograron escapar en canoa.
Rulo, golpeado por la desilusión, salió del poblado caminando lentamente,
descalzo, se alejó y no volvió.
Días más tarde su cuerpo fue encontrado por un grupo ecologista,
no registraba signos de ataque,
el gesto de su rostro indicaría que murió de tristeza.
En tanto Willy, fue abusado por las insaciables jóvenes de la aldea
que se vengaron hasta secar sus testiculos, lo ataron y
sufrió el dolor de la tortura al escuchar durante meses
el son de la cumbia morena, sin poder bailar.
Al poco tiempo la historia se hizo famosa, otros aventureros lo buscaron
pero nunca dieron con él.
Los que lograron gran acogida y repercusión teatral
fueron Juan y Gustavo en su gira europea,
y llegando hasta Moscú!
Ya en viaje de vuelta en un crucero,
el éxito continúa con más funciones,
de blanco, con insignia azul,
en medio del mar.
Juan y Gustavo tenían todo listo para un periplo de tres mojones: río, selva y lago,
un viaje que habían planeado como una misión secreta y
deseaban transitarlo con la elegancia de un actor yendo a proscenio.
Partieron muy temprano en busca del tesoro: las cañas.
Con más de tres horas remando, ya en las puertas de la selva
el sol penetraba cada poro de la piel.
Se abrieron paso entre la maleza, Juan blandía un machete tan versátil como el de Rambo, Gustavo, flameaba la faca de un guerrero gurka, armas que les valieron para
deshacerse de víboras y alimañas.
Soportaron el calor sofocante y también un mareo que les hizo dudar de semejante aventura,
pero bastó una simple mirada... para saber que contaban el uno con el otro.
Tras la agobiante jornada de varios kilómetros,
decidieron esperar el ánimo de un nuevo día para encarar el asalto final.
Ubicaron un lugar seguro para cenar y pasar la noche... juntos.
Al amanecer el canto de los pájaros fue la invitación ideal para desplegar el mantel y
disfrutar un delicioso desayuno continental, a orillas del lago.
Luego reunieron sus pertrechos y se lanzaron al bote,
solo media hora para otra vez continuar en tierra,
al promediar la caminata se detuvieron por agua fresca y para chequear el mapa.
Fue allí que escucharon el ritmo de una cumbia
que les quitó el cansancio y deprisa reanudaron entre bailando y corriendo,
con la certeza del camino correcto.
Al salir de la zona de árboles, efectivamente, allí estaban:
el horizonte atestado de cañas,
corrieron hacia la plantación... tomados de la mano
sin imaginar que frente al imponente portal la emoción se derrumbaría ante lo inesperado:
decenas de voluptuosas mujeres armadas con lanzas se antepusieron amenazantes;
ellos intentaron dialogar pero no hubo caso,
esas hembras pintadas golpeaban las lanzas contra el piso
y sus gritos cedieron a murmullo, solo cuando dos hombres aparecieron entre ellas.
Las mujeres se dispusieron en filas paralelas en ceremonia de tambor,
marcando el paso de los jefes que se presentaron como: Rulo y Willy.
Gustavo y Juan comprendieron que estaban ante lo más difícil:
convencer a ambos dueños de la aldea para que les vendieran las cañas,
y obviamente, salir con vida.
Propusieron entonces un diálogo cordial, amistoso, y sin ahondar en detalles
les informaron que necesitaban las cañas por ser de vital importancia en su proyecto teatral,
sin las cuales, no podrían siquiera empezarlo.
Rulo y Willy atentos a esa necesidad, aprovecharon para sacar partido de la situación
y pergeñaron un plan para concretar al fin, un sueño de veinte años:
reencontrarse con los amores de su juventud.
Entonces la hospitalidad hacia los visitantes fue abrumadora,
decidieron una cena en su honor,
hubo baile con las mujeres, y Willy, gran bailarín y el galán de todas,
las sedujo con nuevos pasos de cumbia bailando con cada una de ellas.
Los cuatro hombres alrededor del fogón, fumaron y bebieron hasta entrada la madrugada y cuando parecía que el jolgorio y el vino habían vencido la resistencia de los jefes,
éstos se levantaron repentinamente, dijeron que no aceptarían dinero
e impusieron condiciones indeclinables para entregar las cañas.
Willy afirmó que solo entregaría las cañas, a cambio de que le trajeran las minas de Belgrano.
Rulo sentenció que si no le llevaban a Marita, los desterraría desnudos.
Los expedicionarios quedaron perplejos y se apartaron para analizar alguna alternativa.
Finalmente,
se acercaron a los jerarcas y les informaron que aceptaban el trato y lo cumplirían.
Al día siguiente
volvieron con una mujer de nombre Mara, a quien en su barrio, Tropezon, llamaban: Marita,
y llevaron también diez señoras de jovenes sesenta años, rubias de curvas pronunciadas,
oriundas de Belgrano y aledaños.
Los jefes saltaron de alegría, no podían salir de su asombro,
y así, en pleno éxtasis, dispusieron la inmediata entrega de las cañas.
Juan y Gustavo cargaron su tesoro y soltaron amarras en busca de su destino;
pero en la aldea el festejo no duró mucho,
Rulo enseguida descubrió que esa mujer que le habían llevado, no era su Marita;
y Willy fue víctima de la rebelión de las morenas que reaccionaron celosas
por la intromisión de las borregas de Belgrano.
En medio del caos, gritos y persecuciones, las veteranas rubias y Marita
lograron escapar en canoa.
Rulo, golpeado por la desilusión, salió del poblado caminando lentamente,
descalzo, se alejó y no volvió.
Días más tarde su cuerpo fue encontrado por un grupo ecologista,
no registraba signos de ataque,
el gesto de su rostro indicaría que murió de tristeza.
En tanto Willy, fue abusado por las insaciables jóvenes de la aldea
que se vengaron hasta secar sus testiculos, lo ataron y
sufrió el dolor de la tortura al escuchar durante meses
el son de la cumbia morena, sin poder bailar.
Al poco tiempo la historia se hizo famosa, otros aventureros lo buscaron
pero nunca dieron con él.
Los que lograron gran acogida y repercusión teatral
fueron Juan y Gustavo en su gira europea,
y llegando hasta Moscú!
Ya en viaje de vuelta en un crucero,
el éxito continúa con más funciones,
de blanco, con insignia azul,
en medio del mar.
El Lugar
Una ambulancia, el choque había sido muy fuerte y sin señales desde adentro, solo había ansiedad.
Mientras la policía y bomberos trabajaban, los curiosos competían narrando distintas versiones.
Lograron destrabar la chapa y salió tosiendo hasta la vereda,
el médico asombrado corrió a atenderla,
no era lógico alguien ileso en semejante escenario.
el médico asombrado corrió a atenderla,
no era lógico alguien ileso en semejante escenario.
Estaba dicho, la atmósfera de humo gris contenía el milagro de su nombre,
fue uno de esos sustos que lleva a redescubrir la felicidad de las cosas simples.
Más tarde, en casa, se sentó a la mesa familiar, cenó, y entre caricias y rezos se entregó a Morfeo.
Finalmente se decidió, fue a la estación y sacó el boleto.
Ya en el barrio, dando la vuelta manzana ve algunas casas pintadas de otro color,
siente el aroma de la fruta fresca de la feria, cuando, al llegar a esa cuadra entrañable,
lo ve pasar caminando. ¿Lo ve pasar?
Observa que aún lleva ese signo, esa delgadez que mostraba
a los varones de la época como a un Dios altivo.
Lo pierde en la esquina, entonces apura el paso para verlo más de cerca.
Era la casa de altos, en Flores,
utopía sin pausa
en manos que surcaron mares hasta el Big Bang,
del nuevo cielo ella es el Angel,
cobija al mundo sin claudicar.
De vuelta al lugar del vals, allí donde las cosas simples,
la esperará siempre esa risa que sorprende
su mirada trae al presente aquello que quiera ver,
siempre por la tarde, más precisamente,
con el runrún del tren.
Sábado de sol
Nos ciega. Sonrisas ciertas
yendo volviendo de lo irreal
cuando es mía la ilusión
tuyo el entusiasmo
melodía bajo de sol
La luz ciega los días
salimos a caminar, sin saber
sin mirarnos a los ojos
sin percibir que el sueño oculta una sensación
¿Qué harás cuando estes muerto?
Jugar con las palabras, respondí
Entonces me quedaré sentado
jugando con palabras
sabiendo que ese día oculto
llegarán tus manos,
mirarnos a los ojos,
balada bajo el sol
sonriendo, sin saber
Nos ciega. Sonrisas ciertas
yendo volviendo de lo irreal
cuando es mía la ilusión
tuyo el entusiasmo
melodía bajo de sol
La luz ciega los días
salimos a caminar, sin saber
sin mirarnos a los ojos
sin percibir que el sueño oculta una sensación
¿Qué harás cuando estes muerto?
Jugar con las palabras, respondí
Entonces me quedaré sentado
jugando con palabras
sabiendo que ese día oculto
llegarán tus manos,
mirarnos a los ojos,
balada bajo el sol
sonriendo, sin saber
Rojo
Súbito ardor al crepúsculo
siento murmurar la ausencia
sangre densa, rojo lento
¿acaso el fulgor del alba?
Fría mueca día agrietado
¡Ay, mortal de aura despojado!
cómo hallar mi bulevar añoso
en tan purpúreo confín
Sangre a mis labios,
un planeo de alas blancas
al suspiro trae savia
sin palabra un estertor
Fuego lento desvanece,
una pluma es el augurio
día agrietado, deambulo,
ave blanca que se va
Súbito ardor al crepúsculo
siento murmurar la ausencia
sangre densa, rojo lento
¿acaso el fulgor del alba?
Fría mueca día agrietado
¡Ay, mortal de aura despojado!
cómo hallar mi bulevar añoso
en tan purpúreo confín
Sangre a mis labios,
un planeo de alas blancas
al suspiro trae savia
sin palabra un estertor
Fuego lento desvanece,
una pluma es el augurio
día agrietado, deambulo,
ave blanca que se va
Plastificado sea tu nombre, de Pablo Baico
La mujer sentada del lado de la ventanilla reza el rosario por un celular.
Del otro lado de la línea, Dios coloca una frutilla sola en una vereda.
El edificio antisísmico oscila cuarenta y ocho milímetros mientras el sol
casi se hunde en la línea del horizonte, y dentro del pecho de la chica
la respiración se entrecorta al ver la foto.
Sálvame, seas quien seas, piensan en el fondo del pozo.
La bandera no acaba nunca de ondear y él empieza a bajar de la montaña.
"Luego de finalizar el Salve, oprima la tecla numeral para salir y enviar,
u oprima la tecla asterisco al fin de cualquier Padrenuestro para salir sin enviar".
Colgando del árbol de la vida, movida por la corriente del río debajo,
la túnica a medio rasgar medita en flores por nacer para el día siguiente.
Hunde las monedas en la ranura
y su ansiedad estira las manos hacia el vaso blanco de café;
lo mira como si por dentro lo recorriera el último milagro de la humanidad.
Sálvame, aunque me lleve el pozo por alma, piensan sentados en la sala de espera,
mientras la secretaria azul le marca el bajorrelieve rojo de su futuro al ajedrecista que sonríe.
La pisada, a cuarenta y ocho milímetros de la frutilla sola en la vereda se finge apurada,
pero sus bolsillos no flamean por el peso y él apenas piensa en llegar peinado al ascensor.
Dientes. Muchos dientes. Hay miles de dientes humanos en ese pozo desenterrado
y la mirada de ella semeja la transfiguración de una virgen,
pero su compañera sólo medita en hacer un chiste sobre un odontólogo psicópata
y apaga la linterna de su casco, dejando a oscuras la tapa de la Biblia que comienza
a quemarse en silencio.
La bandera se detiene y el sexo del viento frota su mástil,
pero él calcula mal la piedra y quiere evitarle a sus oídos el sonido del hueso roto.
La sala de espera se vacía y el ajedrecista ya no sonríe pero,
con sus dedos manchados del futuro rojo de la secretaria,
saca una tarjeta personal de su bolsillo que no flamea por el peso.
Alcanza a ver su rostro reflejado en los cristales de cada ojo de ella.
Está despeinado.
"El número solicitado está fuera del área de cobertura". Del otro lado de la línea,
la túnica rasgada florece en frutillas de septiembre y el árbol de la vida tararea
una de Elvis sin saberse la letra del todo.
Apura el último trago de café y mira el fondo del vaso blanco: la borra delinea
la forma del edificio antisísmico cuarenta y ocho minutos antes del derrumbe.
Pero la chica aprieta la foto ahora contra su pecho bañado en arritmia
y él deja el vaso en el cesto de basura de la estación.
Llenan el balde con dientes, muchos dientes, todos dientes humanos,
y su compañera imagina un cine con un balde de pochoclos en su falda,
mientras en la oscuridad de la sala la Biblia sigue ardiendo en el fondo.
La bandera reza, plegada al mástil, un hastío de nieves eternas,
pero él sabe que eso blanco que sobresale de su pierna es el fémur
y que ya no saldrá más de allí.
"Sálvame, lo quieras o no", dice la tarjeta del ajedrecista
y la secretaria siente derretirse todos los cristales del pasado.
Odia la sala de espera vacía como odia el sonido del torno del odontólogo
erizándole el vello de la nuca cuando está en ayunas.
"El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio".
La mujer se levanta, olvida la ventanilla y toca el timbre para bajar.
Dios guarda la túnica ya deshilachada.
Apaga el árbol de la vida sonriéndole a la última luciérnaga.
Vacía el balde de dientes y guarda el río adentro.
En la Biblia, ya el Apocalipsis se está quemando.
La mujer sentada del lado de la ventanilla reza el rosario por un celular.
Del otro lado de la línea, Dios coloca una frutilla sola en una vereda.
El edificio antisísmico oscila cuarenta y ocho milímetros mientras el sol
casi se hunde en la línea del horizonte, y dentro del pecho de la chica
la respiración se entrecorta al ver la foto.
Sálvame, seas quien seas, piensan en el fondo del pozo.
La bandera no acaba nunca de ondear y él empieza a bajar de la montaña.
"Luego de finalizar el Salve, oprima la tecla numeral para salir y enviar,
u oprima la tecla asterisco al fin de cualquier Padrenuestro para salir sin enviar".
Colgando del árbol de la vida, movida por la corriente del río debajo,
la túnica a medio rasgar medita en flores por nacer para el día siguiente.
Hunde las monedas en la ranura
y su ansiedad estira las manos hacia el vaso blanco de café;
lo mira como si por dentro lo recorriera el último milagro de la humanidad.
Sálvame, aunque me lleve el pozo por alma, piensan sentados en la sala de espera,
mientras la secretaria azul le marca el bajorrelieve rojo de su futuro al ajedrecista que sonríe.
La pisada, a cuarenta y ocho milímetros de la frutilla sola en la vereda se finge apurada,
pero sus bolsillos no flamean por el peso y él apenas piensa en llegar peinado al ascensor.
Dientes. Muchos dientes. Hay miles de dientes humanos en ese pozo desenterrado
y la mirada de ella semeja la transfiguración de una virgen,
pero su compañera sólo medita en hacer un chiste sobre un odontólogo psicópata
y apaga la linterna de su casco, dejando a oscuras la tapa de la Biblia que comienza
a quemarse en silencio.
La bandera se detiene y el sexo del viento frota su mástil,
pero él calcula mal la piedra y quiere evitarle a sus oídos el sonido del hueso roto.
La sala de espera se vacía y el ajedrecista ya no sonríe pero,
con sus dedos manchados del futuro rojo de la secretaria,
saca una tarjeta personal de su bolsillo que no flamea por el peso.
Alcanza a ver su rostro reflejado en los cristales de cada ojo de ella.
Está despeinado.
"El número solicitado está fuera del área de cobertura". Del otro lado de la línea,
la túnica rasgada florece en frutillas de septiembre y el árbol de la vida tararea
una de Elvis sin saberse la letra del todo.
Apura el último trago de café y mira el fondo del vaso blanco: la borra delinea
la forma del edificio antisísmico cuarenta y ocho minutos antes del derrumbe.
Pero la chica aprieta la foto ahora contra su pecho bañado en arritmia
y él deja el vaso en el cesto de basura de la estación.
Llenan el balde con dientes, muchos dientes, todos dientes humanos,
y su compañera imagina un cine con un balde de pochoclos en su falda,
mientras en la oscuridad de la sala la Biblia sigue ardiendo en el fondo.
La bandera reza, plegada al mástil, un hastío de nieves eternas,
pero él sabe que eso blanco que sobresale de su pierna es el fémur
y que ya no saldrá más de allí.
"Sálvame, lo quieras o no", dice la tarjeta del ajedrecista
y la secretaria siente derretirse todos los cristales del pasado.
Odia la sala de espera vacía como odia el sonido del torno del odontólogo
erizándole el vello de la nuca cuando está en ayunas.
"El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio".
La mujer se levanta, olvida la ventanilla y toca el timbre para bajar.
Dios guarda la túnica ya deshilachada.
Apaga el árbol de la vida sonriéndole a la última luciérnaga.
Vacía el balde de dientes y guarda el río adentro.
En la Biblia, ya el Apocalipsis se está quemando.
Oliverio Girondo (Fragmento), de Ramon Gómez de la Serna
Una noche, antes de abandonar París, en la terraza del "Napolitano", un señor,
despues de observarlo se le presenta como director artístico de la "Paramount"
y le ofrece el papel de protagonista en un film que habría de desarrollarse en Sierra Morena,
en el que tendría que encarnar a un "contrabandista-violinista", pero Oliverio,
aunque algo perturbado, declina el ofrecimiento con la misma sonrisa
con que ha renunciado a tantas cosas representativas en su vida,
como la secretaría de la embajada en Washington o el nombramiento de académico.
Al pasar por Norteamérica, en su viaje de vuelta,
los niños norteamericanos le preguntaban señalándole la barba:
"¿Pero por qué es usted tan sucio?".
En Buenos Aires su barba es triunfal, gauchesca y flamante
aunque una tarde en una cancha de futbol veinte mil almas comenzaron a gritar:
"¡Chivo! ¡Chivo!", venciéndolas Oliverio con su sonrisa estoica.
En mi primer viaje a Buenos Aires el año 31
recorro con él la ciudad y me doy cuenta de sus misterios,
comprendiendo cómo Oliverio me había anticipado en España,
como legítimo cabecilla literario, la verdad argentina,
dándonos a los españoles la sensación de un país paralelo a la España nueva,
en idéntica lucha por las nuevas formas y los nuevos ritmos.
Por cierto que una noche en el Paseo de Julio despues de un banquete conmemorativo,
Oliverio entra en una de aquellas barberías de dos sillones
y sentándose en uno de ellos dice al barbero:
"¡Pronto, aféiteme la barba!".
Nunca he visto más consternado a un fígaro, pero tampoco lo he visto más digno,
pues se negó a afeitarle y para no ser incorrecto le dijo:
"Si persiste en la idea vuelva mañana".
Una noche, antes de abandonar París, en la terraza del "Napolitano", un señor,
despues de observarlo se le presenta como director artístico de la "Paramount"
y le ofrece el papel de protagonista en un film que habría de desarrollarse en Sierra Morena,
en el que tendría que encarnar a un "contrabandista-violinista", pero Oliverio,
aunque algo perturbado, declina el ofrecimiento con la misma sonrisa
con que ha renunciado a tantas cosas representativas en su vida,
como la secretaría de la embajada en Washington o el nombramiento de académico.
Al pasar por Norteamérica, en su viaje de vuelta,
los niños norteamericanos le preguntaban señalándole la barba:
"¿Pero por qué es usted tan sucio?".
En Buenos Aires su barba es triunfal, gauchesca y flamante
aunque una tarde en una cancha de futbol veinte mil almas comenzaron a gritar:
"¡Chivo! ¡Chivo!", venciéndolas Oliverio con su sonrisa estoica.
En mi primer viaje a Buenos Aires el año 31
recorro con él la ciudad y me doy cuenta de sus misterios,
comprendiendo cómo Oliverio me había anticipado en España,
como legítimo cabecilla literario, la verdad argentina,
dándonos a los españoles la sensación de un país paralelo a la España nueva,
en idéntica lucha por las nuevas formas y los nuevos ritmos.
Por cierto que una noche en el Paseo de Julio despues de un banquete conmemorativo,
Oliverio entra en una de aquellas barberías de dos sillones
y sentándose en uno de ellos dice al barbero:
"¡Pronto, aféiteme la barba!".
Nunca he visto más consternado a un fígaro, pero tampoco lo he visto más digno,
pues se negó a afeitarle y para no ser incorrecto le dijo:
"Si persiste en la idea vuelva mañana".
El preciso momento
Encontrarte.
Mueca del adiós al mirarte
en el presagio de tu origen
Tus ojos en la esencia
que te hace reir
a veces llorar
a veces perdonarte
alguna vez amar,
desafiarte siempre
El momento de inicio del sendero
el momento del abrazo a tu encuentro
a cada paso
el vigor que te anima a honrar
Encontrarte.
Mueca del adiós al mirarte
en el presagio de tu origen
Tus ojos en la esencia
que te hace reir
a veces llorar
a veces perdonarte
alguna vez amar,
desafiarte siempre
El momento de inicio del sendero
el momento del abrazo a tu encuentro
a cada paso
el vigor que te anima a honrar
El lugar del principio, de Enrique Molina
La casa está perdida en un jardín
o un jardín esconde en su garganta el hogar que vivimos,
lenguaje elemental,
laberinto de piedra,
las ramas de los árboles que abrazan
a ese mundo herido en el costado.
A veces el jardín respira y deja ver
esas paredes que alguna vez fueron de luz.
A veces inventan un mundo sin saber
que no se entra jamás,
que hay que permanecer afuera de la Historia.
La casa está perdida en unos ojos que nunca más veré.
La casa está perdida en esa misma casa.
La casa es una pérdida constante
en cualquier jardín.
La casa es un jardín perdido
en el lugar de la memoria.
La Casita tiene jardín, está en Buenos Aires,
podes llegar... yendo derecho
por el camino del arroba
: lacasita.ba@gmail.com
Desde el principio